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miércoles, 29 de julio de 2026

La medida de nuestros días, de Charlotte Delbo

Autor: Charlotte Delbo
Título: La medida de nuestros días 
Traducción: Palmira Feixas
Editorial: Libros del Asteroide
Año: 2025
Páginas: 168

Sinopsis:
En 1943, Charlotte Delbo fue enviada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en un convoy con doscientas treinta mujeres francesas. Las cuarenta y nueve supervivientes regresaron a una sociedad que difícilmente podría imaginar por lo que habían pasado. «No puedo mirar a la gente sin interrogar su rostro. Así es desde que volví. Interrogo sus labios, sus ojos, sus manos. Cuando conozco a alguien, me pregunto: ¿Me habría ayudado a caminar? ¿Me habría dado un poco de su agua?»
En La medida de nuestros días, libro que forma parte de su famoso ciclo Auschwitz y después, Charlotte Delbo trata de entender si es posible retomar una vida tras haber conocido el horror más inimaginable. Su propia experiencia y la de los diversos supervivientes a los que la autora visita veinte años después de su internamiento le sirve para componer una impactante polifonía de voces que interpela al lector y lo acompaña para siempre. Una obra maestra de la literatura del pasado siglo y uno de los libros imprescindibles de la literatura concentracionaria.

Por qué este título...
"¿Cómo iban a comprenderlo? No han visto lo que vimos nosotras. No han contado sus muertos cada día al amanecer, no han contado sus muertos cada día al anochecer. Nos pasamos los días contando el tiempo, nos pasamos el tiempo contando los muertos. Nos habría horrorizado contar a los vivos. Y, para cada muerto que contábamos, no mostrábamos pesar ni lágrimas. Un dolor extenuado. Solo sentíamos espanto y ansiedad: ¿cuántos días antes de que me cuenten a mí? ¡Cuánto contamos el tiempo! 'El tiempo que medimos no es en absoluto la medida de nuestros días' Allí, sí. Era un poema que recitabas. Siempre lo recuerdo. ¿Cuántos días antes de que me cuenten a mí? ¿Quién quedará para contarme?"

Opinión:

Charlotte Delbo fue liberada de Auschwitz en 1945. A su regreso, escribió sus memorias, pero no publicó el primer volumen hasta 1965; el segundo y el tercero los guardó en un cajón hasta 1970 y 1971, respectivamente. Dejar pasar tanto tiempo entre la escritura y la publicación me parece un acierto: el testimonio conserva la emoción del momento, al mismo tiempo que, con las revisiones y el paso de los años, esa emoción ha sido atemperada.

La editorial Libros del Asteroide trajo a España, en un mismo volumen, la traducción de Ninguno de nosotros volverá y Un conocimiento inútil. Ambos los podéis encontrar aquí reseñados. Cinco años después, en 2025, la editorial publicó el libro que faltaba, La medida de nuestros días. No entiendo muy bien esta decisión editorial. O los publicas los tres por separado o los tres juntos (son bastante finos), ¿para qué hacer esta división? Por mi parte, hubiera preferido, con diferencia, leer los tres seguidos. Es verdad que el segundo ofrece algo más de conclusión que el primero, pues termina con la liberación del campo; sin embargo, esta última parte se siente como una conclusión desde principio a fin.

Esta obra toca un tema del que no había visto nada hasta el momento: ¿y qué pasa después? He leído mucha literatura concentracionaria; sin embargo, esas obras suelen quedar inconclusas (por la muerte de quien la escribe) o terminar en cuanto el campo es liberado. Charlotte Delbo nos habla en este volumen de las dificultades de volver a la vida cotidiana. ¿Es posible reintegrarte en la sociedad? ¿Cómo te relacionas con gente que solo te mira con lástima? ¿Cómo consigues que los problemas diarios te importen, después de lo que has vivido? ¿Cómo es permitirte recordar el pasado, volver a sentir y asimilar el dolor que llevabas reprimiendo tanto tiempo? ¿Qué secuelas mentales deja una experiencia como esa? Aquí os dejo un par de fragmentos que son mucho más elocuentes de lo que yo podría llegar a serlo.

Nunca se me hubiera ocurrido que alguien podría tener miedo de volver, que algunos supervivientes se hubieran acostumbrado a la brutal rutina hasta el punto de temer abandonarla. Por lo que cuenta la autora, la vida en el campo era insoportable; pese a ello, la esperanza de volver y el lazo con tus compañeras te mantenían a flote. Es lógico que al conseguir escapar, sientas que te ahogas, pues has perdido tu objetivo en la vida y aquellos a los que te sentías tan unida dejan de formar parte de tu vida. 

Estamos demasiado acostumbrados a la idea de que una vez termina la situación traumática, termina el sufrimiento, cuando en realidad no es más que el principio. Los recuerdos de lo que has padecido te acompañarán toda la vida y las secuelas psicológicas influirán en cada paso que des. ¿El tiempo lo cura todo? Una parte del dolor sí; el resto estará siempre contigo.

Las secuelas perduran a lo largo del tiempo, de toda una vida. Y es algo que me parece importante recordar. Cuando alguien de mi entorno sufre, me vuelco en esa persona, pero con el tiempo, doy por hecho que ya ha superado la situación y tiendo a no hablar de ello por si le duele recordar, cuando quizás, simplemente, se está guardando el dolor. También hubo un caso de una persona de mi entorno que cambió a raíz de algo que le pasó y durante mucho tiempo estuve esperando a que volviera a ser la persona de antes... en vano. La vida nos cambia, para bien o para mal, hay que aceptarlo.

Una de las debilidades del libro anterior es que narraba exclusivamente la experiencia personal de la autora. Eso hace que unas vivencias y unos sentimientos específicos se generalicen, como si todo el mundo se hubiera sentido como ella. Aquí introduce una novedad: la voz de sus compañeras. La mayoría de capítulos no están narrados por la autora, sino por las otras mujeres francesas que fueron deportadas junto a ella y sobrevivieron. Y no solo salen ellas, sino que también se incluye la experiencia de LouLou y Jacques, compañeros de la resistencia que fueron deportados. Estos testimonios son de veinte años después de la liberación del campo y todos narran lo que supuso volver, adaptarse al mundo y continuar viviendo.

Esta perspectiva más global resulta enriquecedora, pues aunque los testimonios tienen muchos lugares comunes (el peso de los recuerdos, las pesadillas, los ataques de ansiedad, la desorientación inicial, el desencanto al ver que nada ha cambiado, el sentimiento de incomprensión...), son personas cuyas vidas tomaron rumbos muy distintos: algunas tuvieron hijos, varias se reencontraron con una familia para la que eran extrañas, hay una que se casó con otro deportado y otra con alguien que no había pasado por esa experiencia, uno se topó a su regreso con que su familia había muerto y su hogar había sido destruido... 

Mi mayor problema con este tipo de testimonios corales es que, como ya me pasó con Svetlana Alexievich, me falta contexto. Con esto no me refiero a una introducción sobre quién es cada persona, pero sí una nota de la autora al principio explicando cuándo y cómo recogió esos testimonios, simplemente, para poner al lector sobre aviso. Los libros anteriores solo contenían sus propias palabras, así que encontrar otras voces de repente fue extraño. Por comentarios sueltos aquí y allá, entendí que hubo una reunión de compañeras veinte años después de la liberación del campo y que eso dio lugar a estos textos. En algunos casos, por el uso de la segunda persona plural o por cómo se dirigen directamente a la autora, parecen cartas; en otros, la autora visita a la otra persona y nos transcribe la conversación que mantuvieron, dejando su propia voz muy en segundo plano.

Quizás no me importaría tanto saber el origen de estos testimonios si no fuera porque todo el libro está escrito con el estilo personalísimo de la autora (podéis leer más sobre ello en la reseña anterior). A pesar de los nombres con los que se inician algunos capítulos, yo creía que seguíamos con la historia de la autora (y que el nombre inicial indicaba la persona de la que iba a hablar), hasta que me di cuenta de que biográficamente las cosas no cuadraban. Me costó tanto darme cuenta de que eran testimonios distintos porque el estilo narrativo es el mismo: las mismas repeticiones, pausas y prosa poética. Eso hace que me pregunte: ¿Ha modificado algo en las cartas? ¿Hizo una grabación de los encuentros, apuntó la conversación en una libreta o hizo una transcripción de lo que recordaba con su propio estilo? No he encontrado nada al respecto.

Poco más me queda por decir de un libro que no se siente como algo unitario, sino parte de algo mayor. La mejor forma de leer la trilogía de esta autora, para mí, es con los tres libros seguidos: el primero nos introduce en el tono y el lugar, el segundo desarrolla algunas de las vivencias más traumáticas de la autora, y este último nos habla de lo que sucede al volver. Con un estilo muy personal, muestra las dificultades a las que se enfrentaron los deportados a su regreso y cómo las secuelas psicológicas afectaron a sus vidas. La autora ofrece una perspectiva más general y enriquecedora al incluir la voz de varias de sus compañeras. Así, vemos cómo cada uno intentó reintegrarse en la sociedad de forma distinta. Una lástima que no incluya información acerca de cómo y cuándo obtuvo esos testimonios. Por lo demás, es un libro emotivo, que profundiza en el estrés postraumático y que nos muestra cómo huir de una situación traumática no significa el final del sufrimiento. 

Cosas que he aprendido:
  • Los deportados tuvieron muchos problemas para adaptarse de nuevo a la vida cotidiana.
  • En algunos países, el gobierno trató de compensar con una paga.
  • No hay un equilibrio entre el dolor que padeces a lo largo de la vida y la felicidad que recibes a cambio.
  • Los títulos de los tres libros son fragmentos de poemas.

Y ya para terminar, os dejo con mis avances en Goodreads:

PUNTUACIÓN... 4/5!

Primeras Líneas...

jueves, 11 de septiembre de 2025

Ninguno de nosotros volverá, de Charlotte Delbo

Traductor: Regina López Muñoz
Editorial: Libros del Asteroide S.L.U.
ISBN: 9788417977139
Título original: Auschwitz et après i, ii: Aucun de nous ne reviendra / Une connaissance inutile
Número de páginas: 320
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento:  27/01/2020
Autora: Charlotte Delbo

Sinopsis:
En 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por pertenecer a la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau junto con doscientas treinta presas francesas, de las que solo sobrevivirían cuarenta y nueve. El presente volumen recoge los dos primeros libros de su elogiada tetralogía Auschwitz y después, en los que relata esa experiencia.
Delbo reconstruye su recuerdo a partir de breves y poéticas estampas de vida y de muerte, y lo hace en gran medida desde una voz colectiva femenina, la de todas las cautivas que, pese a haber sido desposeídas de su identidad, supieron sostenerse las unas a las otras. A partir de esa particular mirada, la autora logra encontrar palabras para lo inefable e ir todavía más allá, creando belleza donde no podía haberla. Uno de los testimonios más emotivos y necesarios de la literatura concentracionaria, a la altura de los de Primo Levi o Elie Wiesel. Sin duda, una obra maestra literaria.

Por qué este título
"Es un barracón nuevo que acaba de ser acondicionado en el recinto de la enfermería. Varios camiones han descargado máquinas lacadas y niqueladas, un lujo de propiedad apenas creíble. Han montado en el barracón una sala de radiografía, diatermia, rayos X.
La primera vez que unos hombres reciben cuidados en nuestro campo. El campo de los hombres está abajo. Cuenta con un revir, que es mejor que el nuestro, o eso dicen. Quizá solo menos terrorífico. ¿Por qué los mandan aquí? ¿Ahora tratan a la gente aquí?
Los hombres siguen esperando. Callados. La mirada perdida y sin color.
Uno por uno, empiezan a salir los primeros. Se visten en la puerta. Su mirada rehúye la de quienes esperan. Y cuando distinguimos sus rostros, comprendemos.
Cómo expresar el sufrimiento en sus gestos. La humillación en sus ojos.
A las mujeres las esterilizan con cirugía.
¿Y qué más da? Si ninguno de ellos volverá. Si ninguno de nosotros volverá."

Opinión:

Hace más de tres meses que leí este libro. He tenido mil cosas este año y eso ha hecho que se me acumularan las reseñas pendientes, por eso aún no me había puesto con ella. Ahora que me he sentado con el libro al lado, tengo la mente en blanco. No recuerdo absolutamente nada, más allá de lo básico: la autora fue prisionera durante más de dos años (27 meses) en varios campos de concentración y escribió sus memorias a los pocos meses de conseguir la libertad.

De buenas a primeras, pensaréis que es un libro que ha pasado por mi vida sin pena ni gloria, ya que no lo recuerdo; nada más lejos de la realidad. Precisamente, si lo he olvidado es como mecanismo de defensa. La historia que esconde entre sus páginas es tan dura, que una no puede hacer más que olvidarla si quiere volver a sonreír algún día. Recuerdo que lo leí despacio, un par de capítulos al día; era la única forma de no hundirme en la miseria.

"Y, como Ondina, yo sabía que olvidaría, porque olvidar es seguir respirando, porque olvidar es seguir recordando, y porque la distancia entre la vida y la muerte es mayor que la que separaba la tierra y las aguas a las que regresaba Ondina para olvidar."

Hace media hora he pensado "no será para tanto". Entonces, he releído los fragmentos que había marcado como relevantes para la reseña y ahora estoy hecha un mar de lágrimas. Me gustaría descansar un poco, dar un vistazo a Twitter, distraerme y ya después ponerme con la reseña, pero haré un esfuerzo por seguir escribiendo: este es el estado anímico necesario para intentar explicar lo que esta obra me ha hecho sentir.

"De pie, envuelto en una manta, un niño, un chiquillo. Una cabeza rapada muy pequeña, una cara en la que destacan la mandíbula y el arco superciliar. Descalzo, da saltitos sin cesar, animado por un movimiento frenético que recuerda al de los salvajes cuando bailan. Quiere agitar también los brazos para calentarse. La manta se abre. Es una mujer. Un esqueleto de mujer. Está desnuda. Se ven las costillas y los huesos ilíacos. Se coloca bien la manta sobre los hombros, sigue bailando. Un baile mecánico. Un esqueleto de mujer que baila. Sus pies son pequeños, flacos, y están desnudos en la nieve. Hay esqueletos vivos que bailan."

Empiezo con una advertencia: no busquéis una historia, porque esto es un sueño febril, retazos de recuerdos deshilachados. Os aviso de que tampoco podéis agarraros a una cronología, porque en el infierno no pasa el tiempo. Ni siquiera hay personajes: los demonios no merecen un nombre y los condenados solo son rostros fugaces que pronto serán ceniza.

"Un hombre que ya no puede seguir. El perro lo agarra por el trasero. El hombre no se detiene. Camina con el perro caminando detrás de él sobre dos patas, con el hocico en su trasero.
El hombre camina. No ha proferido grito alguno. La sangre marca las rayas del pantalón. Por dentro, una mancha que se amplía como sobre papel secante.
El hombre camina con los colmillos del perro hincados en la carne.
Intentad mirar. Probad a ver".

De lo único que se puede hablar de este libro es de sentimientos: angustia, impotencia, incredulidad, apatía. Si ya me ha parecido demoledor leerlo, no puedo imaginar lo doloroso que habrá sido escribirlo. Para ello, una tiene que forzarse a escarbar en los recuerdos reprimidos y revivir el horror desde la distancia, desde la cordura. Eso debe de ser peor que vivirlo, porque ante el sufrimiento, una blinda mente y alma, y no es hasta que se toma consciencia de lo sucedido que llega el dolor.

"Las mujeres pasan cerca de nosotras. Gritan. Gritan y nosotras no oímos nada… Este aire frío y seco debería ser conductor si estuviésemos en el entorno terrestre ordinario. Gritan en nuestra dirección sin que ningún sonido nos alcance. Sus bocas gritan, sus brazos estirados hacia nosotras gritan, todo en ellas grita. Cada cuerpo es un grito. Antorchas que llamean en gritos de terror, gritos que han tomado cuerpo de mujer. Cada una es un grito materializado, un alarido que no oímos. El camión circula en silencio sobre la nieve, pasa bajo un pórtico, desaparece. Se lleva consigo los gritos".

En estas páginas, la autora desnuda su alma para ofrecernos un atisbo del infierno en la Tierra. Lo extenuante que es pasar días de pie a la intemperie, en pleno invierno, sin poder moverte un ápice de la formación. No es mucho mejor caminar, caminar, caminar, sin ver más que los pies que te preceden, sin rumbo ni destino, sin saber si merece la pena resistir el agotamiento un minuto más. La autora nos habla del duelo en situaciones extremas, de los estrechos lazos que crea el sufrimiento compartido, de la agonía que supone la incertidumbre de la muerte y del dolor de seguir viviendo cuando todos los demás han muerto. Uno de los capítulos más duros es, para mí, aquel en el que nos muestra la desesperación de vivir con sed, cómo la necesidad te consume y corroe lentamente tu consciencia. Cuando te atenaza el miedo a perder la voz, cuando beber solo te produce más sed, es el momento en que sabes que la locura te acecha y ya no te importa. Por supuesto, llega un punto en el que no duelen los golpes de los palos, que no sientes el frío que roe tus pies, que miras a la muerte con indiferencia; pero para llegar ahí hay un largo camino de sufrimientos.

"Yo estoy de pie en medio de mis compañeras y pienso que, si algún día vuelvo y quiero explicar lo inexplicable, diré: «Yo me decía: tienes que aguantar, tienes que aguantar en pie mientras dura el recuento. Tienes que aguantar hoy también. Porque habrás aguantado hoy también, volverás, si vuelves algún día». Y será mentira. Yo no me decía nada. No pensaba en nada. La voluntad de resistir se hallaba sin duda en un resorte mucho más oculto y secreto que está roto desde hace no sé cuánto. Y si las muertas hubieran exigido a quienes volvieran que rindieran cuentas, estas serían incapaces. Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el frío soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto".

Este tipo de obras tienen un valor testimonial, histórico: recordar el pasado es la única forma de no repetirlo. Sin embargo, para mí su valor va más allá: estas historias me hacen amar la vida. Una vez me recupero, durante un tiempo, valoro mucho más cada pequeño instante de felicidad, disfruto de todo como si fuera una niña y aprovecho cada instante con los demás como si fuera el último. Y es que si algo me enseñan estas obras es a aferrarme a la vida con uñas y dientes. Nunca hay que caer en la desesperación, sino seguir adelante por mucho que pese la carga a tus espaldas, porque nadie puede saber qué nos deparará el mañana.

No quería terminar esta reseña sin hablar de la escritura. He hojeado las primeras páginas y he recordado lo mucho que me sorprendió el estilo narrativo libre, casi sin filtros: los capítulos tienen una longitud dispar (algunos varias páginas, otros un par de líneas) y el texto no siempre está en prosa (hay emociones que solo se pueden transmitir con la poesía) ni se deja encerrar por las reglas de puntuación.

"cómo cómo
perdonaros que estéis vivos
cómo cómo
os haréis perdonar
por esos que están muertos
para que paséis
bien vestidos con todos vuestros músculos
para que bebáis en las terrazas
para que seáis más jóvenes cada primavera
Os lo suplico
haced algo
aprended un paso
un baile
algo que os justifique
que os dé derecho
a ir vestidos con vuestra piel y vuestro vello
aprended a caminar y a reír
porque sería una estupidez
al final
que tantos hayan muerto
y que vosotros viváis
sin hacer nada con vuestra vida"

Lo que más rechazo me produce de este tipo de historias es la narrativa: ya he dicho muchas veces que vivir algo no significa que sepas plasmarlo en el papel. En esta ocasión, se nota que la autora tiene una formación y que sabe escribir; gracias a ello puede, por ejemplo, jugar con los tiempos verbales pasando del presente al pasado con una naturalidad apabullante. Tiene un estilo peculiar, distintivo, poético en ocasiones, onírico en otras; sin embargo, el texto es muy accesible. No hay descripciones confusas ni simbolismos, sino la realidad en toda su crudeza.
Experimentación formal

En conclusión, una obra testimonial sobre el cautiverio de la autora en varios campos de concentración. No es una autobiografía, sino un compendio de recuerdos con los que trata de transmitir cómo se siente una en una situación límite como esa. Había 230 mujeres en el convoy en el que la autora llegó a Auschwitz. "Ninguna de nosotras volverá", reza el título, y así fue: aunque de esas 230 mujeres sobrevivieron 49, ninguna era la misma que al partir. Si te interesa el tema de los campos de concentración, pero nunca has leído una obra testimonial, te animo encarecidamente a darle una oportunidad a este libro, porque te ofrecerá una sinceridad que no puedes encontrar en ninguna novela. 

Cosas que he aprendido:

  • El sufrimiento no tiene por qué venir de torturas complejas.
  • Olvidar es la única forma de seguir viviendo.

Y ya para terminar, os dejo con mis avances en Goodreads:

PUNTUACIÓN...4'5/5!

Primeras Líneas...