Formato: Audiolibro
Autor: Pedro Simón
Narrador: Esther Giralt, Mercè Torrens y Roger Batalla
Duración: 7 horas y 35 mins
Editor: Planeta Audio
Sinopsis:
Javier y Celia son un matrimonio de clase media con un hijo pequeño y una hija preadolescente. Él trabaja en una editorial y ella en un hospital; él arregla vidas de mentira y ella arregla vidas de verdad. Tratan de prosperar, se mudan a un barrio mejor, la cotidianidad. Podría ser la historia de muchos. Hasta que tiene lugar una excursión a Pirineos que lo cambia absolutamente todo.
Esta es la historia de un viaje al abismo que habla de otros muchos viajes. El viaje de la infancia a la convulsa adolescencia. El que va de la algarabía infantil al silencio más sepulcral. El de los padres que caminan detrás con su culpa y llegan tarde. El de los abuelos que fueron delante y a los que nadie escucha. El que hace alguien para salvar una vida. También es la historia de ese otro viaje al que todos tenemos miedo: el que habla de nuestro pasado más oscuro y secreto.
Los incomprendidos es una novela sobre la soledad familiar, la incomunicación entre padres e hijos, el horror de decir, pero también, y desde la primera página, sobre la esperanza.
Opinión:
Las novelas intimistas nunca han encajado conmigo: yo siempre he sido una persona muy de tramas y acción. Sin embargo, el tiempo pasa para todos, y con el tiempo, cambiamos. Al principio, no me interesaba lo más mínimo ninguno de los libros que reseñaba MarianLeeMásLibros; ahora, cada vez me resultan más atractivos, en especial los que tratan la complejidad de las relaciones familiares, como el libro que os traigo hoy.
La relación con mi familia es tirante. Comparto gustos con mi hermano, pero es una persona obtusa y hermética. A mis padres no solo no les ha interesado nunca la lectura, sino que mi madre es reacia al debate y mi padre a la mención de los sentimientos. Al menos, así es como lo veo yo. Durante muchos años creí que lo que teníamos estaba roto y que cada uno tiraría por su propio camino. En lugar de eso, llevo un tiempo intentando recomponer los pedazos: comprender por qué somos así, qué nos ha distanciado. Libros como este me ayudan a tener otra visión del conflicto, un conflicto que siempre he mirado desde mi óptica y nunca desde la de mis padres.
Como imaginaréis, esta reseña va a ser más personal de lo que viene siendo habitual. No me apetece hablar de esta obra desde la objetividad y la razón, sino desde el sentimiento, adentrándome en lo que me ha transmitido y cómo su mensaje ha prendido dentro de mí. Eso es lo que buscan todas las historias, enraizarse en el alma de los lectores y que la semilla que sembró el autor dé sus frutos. Pues bien, en este caso lo ha conseguido.
Esta novela busca estrechar lazos intergeneracionales alternando entre el punto de vista de un padre, Javier, y de su hija, Inés, durante la adolescencia de esta. En primera persona, ambos personajes ponen por escrito sus silencios y dan voz a sus sentimientos en pequeños monólogos en los que sueltan todo lo que no se atreven a decirle al otro. Por una parte, Javier, el padre, nos habla de cómo ha cambiado su hijita, cómo ha dejado de hablar con ellos, cómo se ha distanciado sin que ninguno se diera cuenta. Por otra parte, Inés, que se siente un cuadrado en una familia de círculos, celosa de la relación de sus padres con su hermano y confundida con su lugar en el mundo. Esta convivencia tensa se observa en las conversaciones entre ellos:
Un retrato muy fiel, lo sé de buena tinta: cuanto hablo con mi hermano, siento que le estoy sometiendo a un interrogatorio de tercer grado y que solo obtengo migajas de información sobre su vida. No tengo ninguna duda de que yo en mi adolescencia me comportaba igual, aunque a mi parecer, sabía esconderlo mejor: hablaba por los codos, sin decir nada realmente importante para mí. Y es que cuando eres adolescente, cuando empiezas a ver que el mundo no es cómo tú creías, te lo guardas todo dentro, con la certeza de que tus padres no serán capaces de comprenderte.
Y puede que sea así. Nuestros padres fueron nosotros, sí, pero hace mucho de eso, Además, las circunstancias eran distintas y es posible que no tengan suficiente inteligencia emocional como para ofrecer consuelo. A pesar de todo, ¿por qué no intentarlo? ¿Por qué no darles una oportunidad, dos, tres? Somos lo suficientemente importantes para ellos como para que no se rindan a la primera y quieran aprender de sus errores. Por supuesto, todo esto lo digo teniendo en mente una familia normal, y con normal no me refiero a una familia donde no haya problemas, porque en todas partes cuecen habas, sino a familias en las que no haya maltrato físico y psicológico, familias en las que, por muchos errores que cometan unos y otros, realmente lo que les une es el amor.
Este tipo de historias suelen retratar familias muy desestructuradas con problemas muy graves (adicciones, malos tratos, acoso escolar, enfermedades crónicas...). Me parece muy interesante que Javier y Celia sean unos padres del montón, que simplemente no saben cómo acercarse a su hija y que Inés también sea una adolescente del montón que simplemente no sabe quién es. Esto nos permite conectar e identificarnos mucho mejor con los personajes. Los padres son personas de bien, con recursos, que disponen de tiempo para su hija, que incluso van a terapia para intentar arreglar las cosas; y, aun así, no pueden superar el escollo de la adolescencia. Como cualquier familia, también tienen conflictos personales; no todo es un camino de rosas en la vida y tienen que superar sus propios obstáculos emocionales, aunque se enfrentan a situaciones bastante cotidianas. Por supuesto, no está mal que algunas novelas se centren en conflictos como los que he mencionado al principio del párrafo; son realidades que están ahí. Sin embargo, creo que en este caso distraería la atención del tema principal: un estudio de los lazos paternofiliales durante la adolescencia.
Tanto el personaje de Javier como el de Inés están muy bien trabajados y construidos. Hablan de forma sincera y abierta con el lector, dejando al descubierto todos sus miedos y sus sentimientos de forma muy evidente, como si estuvieran en la consulta de un terapeuta. Javier nos habla de sus padres, de su infancia y adolescencia, de cómo conoció y se enamoró de Celia, de su matrimonio, de cómo cambió su vida al tener a Inés y Roberto, de la distancia con Inés, del duelo. Inés, por su parte, nos habla de sus inseguridades, de los motivos por los que se ha alejado de sus padres, de lo que supone ser una adolescente, de su crisis de identidad.
Junto a Javier e Inés exploraremos varios temas, siendo el núcleo de todo la adolescencia, esa edad difícil tanto para los hijos como para los padres. El autor se adentra en el corazón del conflicto y desmenuza las emociones de ambos, en lugar de centrarse solo en las de Inés. Por una parte, nos habla del miedo, el miedo de Javier y Celia de distanciarse de su hija y de no ser buenos padres, el miedo de Inés a no cumplir las expectativas, a no ser suficiente. Por otra parte, veremos la impotencia de unos padres que se esfuerzan en entender, conversar y pasar tiempo con su hija, mientras que esta calla, se encierra en su habitación durante horas y horas, les ignora e incluso a veces les desprecia, porque siente que no serán capaces de comprenderla.
En la forma de expresarse, directa, no hay espacio para las sutilezas, los recovecos oscuros ni los secretos. Bueno, sobre esto último, sí que hay ciertos temas que no se mencionan de buenas a primeras, en los que ambos evitan pensar porque aún no se sienten preparados, porque son en realidad el origen de todo. Un poco conveniente para sorprender al lector con temas que no esperaba; aun así, puedo comprender que la clave de profundizar en ti mismo es ir desgranando poco a poco qué te hace ser y actuar de una forma concreta, así que me parece lógico dar vueltas en torno a cosas menores hasta llegar al meollo del asunto.
Ese es uno de los mensajes principales de la novela: la importancia de la comunicación. Puede que parezca que Javier es quien más lo intenta, que realmente busca comunicarse con su hija; sin embargo, se calla muchas cosas, al igual que su hija, y los silencios entre padres e hijos (para evitar hacer daño al otro, por creer que no tienes nada que el otro quiera escuchar), pesan como losas que terminan por asfixiarnos.
Mi reseña se ha centrado mucho en Javier e Inés: su relación es el alma de la novela. Me gusta que los protagonistas sean padre e hija, porque es una relación que no se suele explorar tanto y que tiene mucho que ofrecer: en la adolescencia, con todos los cambios hormonales que experimentamos, la diferencia de género hace que la distancia entre un padre y su hija parezca insalvable. Sin embargo, ellos no son, ni mucho menos, los únicos personajes de la novela. Nuestra relación con los distintos miembros de la familia nunca es igual, por lo que resulta interesante ver las diferencias entre la relación de Inés y Javier y la que estos tienen con los demás: Celia, madre y esposa, Roberto, hermano e hijo, y Clara, tía y hermana, respectivamente. Las experiencias vividas con unos y otros, la (in)compatibilidad de carácter, el hecho de compartir unas aficiones... todo eso hace que los lazos que se establecen sean distintos. Ver lo que une y lo que separa a los protagonistas de los demás miembros de la familia nos ayuda a comprender mejor las razones por las que hay esa distancia entre padre e hija.
En conclusión, la novela me ha gustado mucho, en gran medida por lo bien que he conectado con sus personajes. El autor hace un buen retrato de la adolescencia y se adentra tanto en la mente de los jóvenes como en la de sus padres, con el objetivo de que comprendas y empatices con ambos. Es una obra realista que utiliza el monólogo interior para tratar los lazos familiares, especialmente entre padre e hija, y para incidir en temas complejos como el duelo, el miedo a no ser suficiente y la crisis de identidad. Su conclusión es un poco idealista, aunque el mensaje sobre la necesidad de comunicarnos es positivo. Personalmente, este libro me ha ayudado a comprender un poco mejor a mis padres, los problemas que surgieron entre nosotros durante mi adolescencia y cómo debían sentirse entonces. He dejado de poner tanto el foco en mí, para pensar también en ellos; también es verdad que ahora que soy mayor, eso es cada vez más fácil. Gracias a ello, me siento más capacitada para hablar de nuestra relación sin estallidos de ira ni arrebatos de lágrimas. Creo que nunca es tarde para intentar arreglar las cosas si la otra persona te importa.
Cosas que he aprendido:
- Hablar las cosas es mejor que callarse.
- Cómo se sentían mis padres durante la adolescencia.
Y ya para terminar, os dejo con mis avances en Goodreads:
PUNTUACIÓN...4/5!
Primeras Líneas...
Aquí podéis escuchar el principio





















