miércoles, 4 de noviembre de 2026

Borne, de Jeff Vandermeer

Autor: Jeff Vandermeer
Nº de páginas: 432 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: HIDRA
ISBN: 9788417036591
Colección: Colmena Ediciones
ISBN: 978-84-17036-59-1
Fecha publicación: 16-10-2017
Traductor: Jaime Valero

Sinopsis:
La joven Rachel sobrevive rebuscando entre los restos de una ciudad en ruinas debido a la sequía y a la guerra. La ciudad es peligrosa, y está poblada por experimentos biológicos fallidos de la Compañía, además de por un oso gigantesco. Rachel y su compañero, Wick, viven refugiados en un viejo santuario que apenas se mantiene en pie. Un día, Rachel descubre a Borne: apenas es un bulto verde, pero desprende un extraño carisma — ¿se trata de un animal? ¿Una planta?—, y se lo lleva al refugio. Borne le recuerda a la vida marina que conoció de niña, cuando vivía en una isla, y decide protegerlo. Hablar con él es divertido, y Borne está comenzando a descubrir el mundo. Todavía es ingenuo. Pero a medida que Borne crece, también cambia el equilibrio de poder en la ciudad.

Opinión:

Mi lectura de Borne ha sido toda una experiencia que resultará difícil plasmar en palabras. No hay una gran historia, ni unos grandes personajes, ni un gran worldbuilding; lo que me ha fascinado es cómo la narrativa te sumerge en una atmósfera de profunda desazón. Es por eso que, en lugar de hacer un análisis exhaustivo de esta novela, mi intención es explorar lo que me ha hecho sentir.

Según Goodreads, Borne no está clasificada como una novela de terror; con todo, a mí me ha tenido sumida en un estado de constante inquietud. El autor consigue construir una atmósfera opresiva que transmite muy bien la desolación que sienten los personajes. Hay momentos macabros, pero curiosamente, eso no es con lo que lo he pasado peor. Pese a que la novela cuenta con los elementos propios del terror (criaturas monstruosas, lucha por la supervivencia, muestras de violencia, situaciones límite), todos forman parte del día a día de Rachel, la protagonista. Esa naturalidad es lo realmente aterrador: cómo alguien puede acostumbrarse a vivir con tanta incertidumbre y miseria. Es el mismo tipo de terror que podemos encontrar en las novelas ambientadas en los campos de concentración: lo más terrible no es lo que sucede, sino ver la resignación y sumisión de quienes lo están viviendo.

La novela exuda desesperanza por todos sus poros, empezando por la ambientación. La ciudad en la que vive la protagonista, Rachel, no es más que un cadáver putrefacto de lo que fue: la tierra y el agua están contaminadas, la atmósfera es tóxica, no quedan recursos para reconstruir y sus gentes no recibirán ayuda de un mundo exterior que les ha dado la espalda. Desde hace años, la ciudad está inmersa en una guerra civil tan estéril como el terreno en el que transcurre: ya no queda nada valioso por lo que luchar. Ni siquiera hay un bando "de los buenos". El resultado será un gobierno tiránico, no importa si vence la Compañía, representada por Mord, un oso volador del tamaño de un rascacielos, o si vencen la Maga y sus secuaces modificados genéticamente. El escenario es tan dantesco que, en lugar de preguntarme cómo podría solucionarse la situación, me preguntaba por qué Rachel no se marchaba de allí. 

La respuesta, por supuesto, es la desesperanza. No es que quiera quedarse porque esta sea la ciudad de su infancia, ni porque nunca haya conocido nada mejor, ni porque se sienta ligada al lugar por algún vínculo emocional. Simplemente, se ha rendido. ¿Sabéis lo de "más vale malo conocido que bueno por conocer"? Durante su infancia y juventud, Rachel estuvo huyendo junto a su familia de una ciudad a otra, sin encontrar la paz en ninguna parte. Si todo es un infierno, ¿para qué cambiar uno por otro? Así que malvive en la ciudad en ruinas, a sabiendas de que en cualquier momento podría hallarse sin recursos, caer víctima de una trampa, quedar atrapada en el fuego cruzado, enfermar... No tiene ninguna expectativa de futuro, ningún deseo, más allá de sobrevivir un día más.

Rachel es un personaje bastante vulgar. A diferencia de otras protagonistas de novelas postapocalípticas, no tiene nada especial o que la haga destacar: no posee amplios conocimientos del mundo, ni es astuta, hábil, fuerte o locuaz. Si ha sobrevivido hasta el momento, creo que ha sido más gracias al azar que a la habilidad. Se ha adaptado a lo que le ha tocado vivir y el instinto de supervivencia le ha llevado a pensar únicamente en ella misma, así como a insensibilizarse ante el dolor ajeno, el horror de los cuerpos desmembrados y el miedo a morir en cualquier instante. Me he sentido cómoda con ella, quizás porque estoy cansada de mujeres que, ante una situación así, hacen de tripas corazón y se convierten en personas muy distintas, que aprenden a usar armas, a matar sin miramientos o que exprimen al máximo su astucia. Me parece más probable que, en una situación límite, cualquier persona puede convertirse en alguien como Rachel: alguien curtido ante el horror, pero que no forma parte de él.

Como la unión hace la fuerza, Rachel sobrevive en parte gracias a la ayuda de Wick, su amigo-amante. Eso no significa que Rachel no esté sola, sino que ambos comparten la soledad. No son una pareja al uso: lo que les une es más la desesperación que el amor. Se quieren en la misma medida que se necesitan para sobrevivir emocionalmente. La suya es una relación pasional, cimentada en la necesidad de descargar las tensiones del día a día. Hay mucha incomunicación, muchos silencios y secretos entre ellos. Me gusta que se muestren este tipo de relaciones; sin embargo, me han faltado escenas que profundicen en su dinámica tóxica y de complicidad. Es extraño que Wick salga tan poco al principio, teniendo en cuenta el protagonismo que tiene en el último tercio. A mí, personalmente, Wick me producía aprensión. No es que hubiera nada realmente inquietante en él, pero parecía muy inestable (¿cómo iba alguien a estar perfectamente cuerdo en un mundo así?). Que una persona a punto de derrumbarse sea el principal puntal de Rachel es una muestra más de lo desesperada que es la situación.    

Por suerte para ella, al principio de la novela aparece en su vida Borne, que le ofrece un extra de motivación para seguir viviendo. En él, Rachel encuentra alguien a quien cuidar, una evasión de los horrores del exterior. Por supuesto, la curiosidad lleva a Borne a explorar lo que hay más allá de las cuevas en las que viven y se corrompe poco a poco. Rachel siempre trata a Borne como si fuera una persona, pero no lo es. Es una criatura extraña, seguramente creada con biotecnología, un ser pensante que crece, evoluciona y se comunica. Es amigable, pero no conocemos realmente sus intenciones. En cuanto a su forma, puede modificarla a voluntad y suele ser distinta en cada escena. En ese aspecto, el autor hace un trabajo de imaginación y descripción excepcional. Y no solo eso. En cualquier otra novela de terror, Borne sería el monstruo; sin embargo, pese a su forma terrorífica, aquí le vemos como un niño perdido y confundido que no sabe quién es ni cuál es su propósito en la vida. Conseguir que una masa de carne informe llena de ojos que cubre todo el techo te resulte tan humana no es tarea fácil, sin duda.

Que Borne va a tener una participación activa en el cambio de la ciudad es algo que nosotros, como lectores, tenemos claro desde el principio. Eso no significa que sea algo que le importe lo más mínimo a la novela, hasta el punto de que cuanto más cerca está Borne de su propósito narrativo, menos protagonismo tiene. Y es que el enfoque que tiene esta novela es muy distinto a lo que viene siendo habitual: aquí, la trama principal, luchar contra la tiranía para mejorar la ciudad, es algo secundario. Ni siquiera tenemos claro que esa sea la trama principal; es lo que suponía que iba a pasar, ya que la cosa no podía ir a peor. 

Lo curioso es que nuestros protagonistas no son nadie, personajes terciarios que en cualquier otra novela postapocalíptica aparecerían vagabundeando de fondo mientras los verdaderos protagonistas cambian el mundo. En consecuencia, prácticamente toda la trama consiste solo en seguir a Rachel, que se dedica a sobrevivir, criar a Borne y gestionar sus emociones. Si eso, de tanto en tanto, hay algún enfrentamiento crucial entre Mord y la Maga que los protagonistas observan desde una ventana, en la periferia de la historia. Y es que la novela, al igual que no va sobre cómo se llegó a esta situación, no va sobre cómo resolverla. En su lugar, habla de la gente corriente, de cómo gestionan la construcción de su identidad, de los complicados lazos que nos unen a los demás y de cómo las situaciones límite muestran realmente cómo somos.

Por eso, a diferencia de lo que suele ser habitual en las novelas de este género, en ningún momento es importante descubrir por qué la ciudad está como está y qué ha sucedido a lo largo y ancho del mundo. Así que si os animáis a leer la novela solo por resolver el misterio, os vais a llevar una decepción. Al principio nos dicen algo tan vago como que hay guerra por todas partes y que la ambición humana nos llevó a creernos dioses y jugar con la biotecnología; no se profundiza mucho más. Y está bien, porque eso ya lo hemos visto en muchas otras partes; considero más interesante explorar las consecuencias emocionales que no las causas de lo sucedido.

Teniendo en cuenta todo esto, el tramo final se me hizo muy extraño: en cierta manera ofrece algunas respuestas, aunque son tan ambiguas e imprecisas que, en lugar de ayudar, confunden aún más. Tuve que releerlo varias veces, porque no sabía si las metáforas eran solo metáforas o eran literales. El resto de lectores, por lo que he investigado, tampoco lo tienen muy claro. El autor se ha metido un tiro en el pie al escribir una novela en la que la trama de los protagonistas no va a ninguna parte. No se puede poner un cierre si no hay un conflicto. Así que al final se ve obligado a meter algún tipo de misterio y resolverlo de forma poco llamativa, para que tampoco distraiga la atención del lector. Sin embargo, me ha parecido rebuscado y poco satisfactorio.

A modo de apunte, no he hablado del worldbuilding, porque está de fondo, pero es muy chulo. Se mencionan constantemente cosas propias de este mundo de forma muy natural y allá tú, lector: con tu imaginación, tienes que suponer qué es qué. A raíz de la reseña, descubrí este bestiario curradísimo sobre todas las criaturas que pueblan la novela, con ilustraciones y descripciones. Ojalá en una edición especial de la novela: me parece un añadido que, sin ser esencial, enriquece. Os animo a darle un vistazo para curiosear.  

No esperaba que esta reseña fuera a ser tan larga. Pese a lo mucho que me había gustado, no puse un solo post-it y me planteé escribir una minireseña o ni siquiera eso. Me ha ido bien dejar reposar la obra. Eso me ha permitido entender por qué una novela sin trama y con solo un par de personajes potentes me había hecho sentir tanto. No suelo leer novelas de este género porque generan más asco que terror, recurriendo constantemente al gore y a la violencia explícita. Sin embargo, esta obra destaca por su terror ambiental, donde el miedo no surge de las acciones directas, sino de la forma en que se narra la historia y de la habilidad del autor para construir, poco a poco, una atmósfera inquietante y un mundo desolador. Tengo un par de novelas más del autor por leer que tienen un tono y una ambientación similares. Siento curiosidad por ver qué más tiene que decir.

Cosas que he aprendido:

  • El terror ambiental, cuando se hace bien, mola.

Y para terminar, os dejo con mis avances en Goodreads:


PUNTUACIÓN...4/5!

Primeras Líneas...