Opinión:
Me gustan los libros raros y experimentales, esos en los que el autor explora nuevas narrativas o juega con el lector. Cosas simples como el narrador en tercera persona que habla contigo, como en los libros de Palma, y cosas tan complejas como El barco de Teseo. Escribir este tipo de obras no es fácil: primero, tienes que ser consciente de que no vas a vender, porque este tipo de obras no venden (excepto El barco de Teseo porque HABÉIS VISTO QUÉ EDICIÓN MÁS GUAY), y segundo, debes tener un gran dominio de la técnica o al final te saldrá un churro incomprensible.
Este tipo de obras exigen un lector activo y muy dispuesto a hacer un esfuerzo extra por entender qué quiere decir el autor y por qué quiere decirlo así. Vamos, que nunca son lecturas fáciles. En mi caso, he leído este libro centrada, en silencio, volviendo atrás y releyendo algunas escenas, así que os puedo asegurar que el problema no es que no me haya esforzado.
Esta novela tiene como peculiaridad una narrativa fragmentada, por lo que las escenas alternan entre el presente en el que Max está en una investigación, su pasado en la guerra, los recuerdos con su familia y las telenoticias, además de otros fragmentos varios. Para que os hagáis una idea, las primeras 15 páginas contienen las escenas siguientes: 1) Max va por la autopista hacia un restaurante; 2) Max escucha la radio y habla con la camarera; 3) el telenoticias dice cosas sobre el mundo; 4) Max está en casa con su familia siendo feliz, pero resulta que en realidad está solo y es un recuerdo; 5) Max se ha ido a una cafetería con la camarera, hay un flashback de lo que sucedió en el restaurante y volvemos a la conversación de la cafetería (todo esto, presumiblemente antes de estar en su casa recordando a su familia). ¿Estáis confundidos? Bien, así es como me sentía yo mientras leía. Como veis, no hay orden establecido ni interrelación entre unas escenas y otras, por lo que al principio, me sentí perdida. Poco a poco me adapté a esta forma de contar la historia; eso no significa que mi confusión desapareciera del todo.
En parte, entiendo por qué la narrativa es así: representa la visión fragmentada y confusa que tiene Max del pasado y del presente. Aun así, me parece una justificación endeble. Entiendo que no se explique previamente que las escenas de Max con su familia son recuerdos, puesto que para el personaje no lo son, como explicaré más adelante. Sin embargo, no comprendo por qué las escenas bélicas no están conectadas a nada (no es que el personaje piense en ello o algo le recuerde a su pasado) ni qué aportan las telenoticias, más allá de ofrecer de forma artificial información sobre el mundo.
A esto hay que sumarle dos factores que aumentan la confusión. El primero es que estamos ante una de esas novelas en las que la información es muy diegética y el lector tarda un rato en situarse. Así, al principio, no sabemos nada del mundo ni del personaje, por lo que cuando Max utiliza el visor que le permite revivir el pasado como si estuviera allí, no sabemos que todo es un recuerdo. Lo mismo sucede con las partes bélicas: Max es policía, así que creía que esas escenas pertenecían al presente, a los momentos en que vigila el perímetro de la ciudad.
En segundo lugar, la edición no ayuda. La diferencia entre una escena y otra es un salto de párrafo doble, es decir, un espacio mayor, cosa que no sería un problema de no ser porque algunas escenas empiezan a principio de página y ese espacio pasa desapercibido. En consecuencia, a veces no sabía que habíamos cambiado de escena hasta que me sentía perdida y tenía que volver atrás y releerlo todo. Hacer uso de esta separación de escenas es una decisión estilística que no comparto, pero no es un error en sí. Lo que sí que es un error de edición es olvidarse del espacio que marca el cambio de escena. Solo pasa dos o tres veces, pero ya son muchas. En esos momentos sí que sentí confusión total.
Como veis, me he centrado mucho en el tema de la narración, porque todo lo demás me ha dado un poco igual. Para empezar, el mundo, lo poco que sabemos de él porque las descripciones escasean, no es nada espectacular: Max vive en una estación espacial tras una terrible guerra que convirtió la Tierra en un lugar inhóspito y dividido en facciones. Sinceramente, no he sentido que se ambientara en el espacio, sino en una ciudad futurista cualquiera, donde, como siempre, las megacorporaciones lo controlan todo. En este mundo, la población está sometida a, atención a esta idea tan original, una droga llamada relev, de uso obligatorio, que reduce tu agresividad. Como os decía, nada del otro mundo.
Lo mismo sucede con los personajes. El protagonista absoluto es Max, a quien iremos conociendo con el paso de las páginas gracias a los flashbacks, los recuerdos de su familia y sus acciones en el presente. Es el típico investigador policial que ha sufrido y que ya está cansado de todo, pero que en este caso va a por todas porque el caso afecta a alguien que le importa. Al final nos revelan un detalle importante sobre él que, si se hubiera sabido desde el principio, hubiera dado más empaque al personaje y hubiera permitido ofrecer más debate y reflexiones. En su lugar, es un giro del final que no se desarrolla. No he sentido ningún interés en el personaje porque, al igual que el mundo, tampoco me ofrece nada nuevo.
No hay muchos personajes más. Está Erika, quien acompaña a Max desde el principio, pero es de cartón piedra: sabemos cuatro cosas sobre ella, lo justo para aparecer en esta lista de personajes. Supongo que si la incluyo a ella, lo justo es que también mencione al Poeta. No es que salga mucho, pero es relevante para la trama y lo conocemos más que a Erika porque nos insertan 30 páginas interminables con el diario que ha escrito sobre su vida (por fin un libro en el que un diario tiene la duración de un diario de verdad).
Los personajes no son el punto fuerte de la novela, pero es que la trama tampoco: la investigación sobre qué droga está contrarrestando el relev y quién la ha puesto en circulación también me ha importado poco. No es que la trama esté mal llevada, sino que lo que quiere decir con ella la obra, criticar a las megacorporaciones que controlan el mundo desde las sombras, no me dice nada nuevo. Hay más temas por ahí metidos (la memoria, la guerra, los refugiados, el control social...), pero se tratan muy superficialmente.
Supongo que, visto mi entusiasmo, debería haber dejado el libro. Seguí leyendo por varias razones: porque quería darle una oportunidad a la ciencia ficción en catalán; porque es un libro corto (250 páginas), así que cuando pillé su rollo ya llevaba más de la mitad; porque una vez te situas, es entretenido. Entonces, ¿lo recomendaría? No sabría deciros. Más allá de la narrativa excesivamente confusa, no está mal. Te presentan un futuro distópico tradicional con una trama de corte policial (¡al menos no estamos ante otro de esos libros del individuo derrocando al sistema!) que advierte sobre las megacorporaciones. Cuesta pillarle el tranquillo, pero una vez lo haces, la trama es entretenida. Si sois muy fans del género y queréis ver una muestra perteneciente a la literatura catalana, puede que os guste.
Nota: La edición que yo he leído es en catalán, pero el libro también está traducido al castellano como Estación niebla.
Cosas que he aprendido:
- Me reafirmo en la idea de que la literatura catalana no parece para mí.
PUNTUACIÓN...2'5/5!
Primeras Líneas...
|
|


No hay comentarios:
Publicar un comentario
"Sabes que has leído un buen libro cuando al cerrar la tapa después de haber leído la última página te sientes como si hubieras perdido a un amigo." Paul Sweeney