martes, 13 de enero de 2026

No-reseña: El priorato del naranjo, de Samantha Shannon

No suelo hablar de los libros que he abandonado; como mucho, cada varios meses publico una entrada donde os cuento en un par de líneas los motivos que me llevaron a dejarlos. Ese no va a ser el caso de El priorato del naranjo, una novela que no he terminado y de la que me apetece hablar largo y tendido. Eso se debe, en parte, al éxito que ha tenido la obra: debería haberla abandonado mucho antes, pero seguí leyendo en busca de aquello que había cautivado a tantos lectores. Me costó más de lo que esperaba tener claro por qué no me estaba entusiasmando: he leído 630 de las 830 páginas que tiene. En toda mi vida como lectora, creo que nunca había abandonado un libro tan avanzada su lectura. Podría haber seguido, porque no me quedaba mucho para terminarlo; sin embargo, apuntar un libro más a mi lista de leídos no me compensaba el sufrimiento de seguir leyendo. 

Antes que nada, aviso de que habrá spoilers. Muchos spoilers. Mi intención no es destripar toda la novela: solo aquellas partes que me parezcan relevantes para justificar mi punto. Que conste que tampoco voy a soltar espumarajos de odio sin ton ni son: he leído obras mucho peores y esta tiene incluso cosas que me han encantado, como también os comentaré. Lo que me interesa es hablar de la narrativa de esta novela, ya que es una buena muestra de la dirección que está tomando actualmente la literatura comercial.

Sinopsis:
Un mundo dividido.
Un reino sin su heredera.
Un antiguo enemigo se despierta...
La Casa de Berethnet ha gobernado Inys durante mil años. Aún sin casar, la reina Sabran IX debe concebir una hija para proteger a su reino de la destrucción. Pero los asesinos cada vez están más cerca.
Ead Duryan es una intrusa en la corte. A pesar de que se ha posicionado como dama de compañía, es leal a una sociedad oculta de magos. Ead vigila a Sabran, protegiéndola en secreto con magia prohibida.
Al otro lado del mar oscuro, Tané ha entrenado toda su vida para ser una jinete de dragón, pero se ve obligada a tomar una decisión que podría romper su vida en añicos.
Mientras tanto, el Este y el Oeste siguen divididos. Cada región tiene una religión diferente basada en los sucesos acaecidos mucho tiempo atrás. Los que adoran a los dragones, los que los detestan y quienes adoran al Sin Nombre aparentemente nunca se pondrán de acuerdo.
Y las fuerzas del caos se despiertan de su letargo y parecen estar a punto de llegar.

La representación y los personajes femeninos

Empecemos por el principio: ¿qué me llevó a leer este libro? La portada (llamadme superficial, pero qué preciosidad) y las buenas críticas que no solo ponían la novela al nivel de Tolkien y Martin, sino que destacaban que ofrecía un giro refrescante a la fantasía. No pude resistirme a esto último, pese a que la comparación con unos autores conocidos por sus largas descripciones me echaba un poco para atrás. Como comprobé más adelante, no había razón para preocuparme: se parece a Tolkien en que tiene un amplio worldbuilding y a Martin, en que la obra es Canción de hielo y fuego condensado en un volumen. En cuanto a la innovación, lo único destacable ha sido el buen tratamiento de los personajes femeninos.

Más que la trama o los personajes, esto último es lo que me ha mantenido leyendo. Actualmente, la literatura es cada vez más plural e inclusiva, dos características que han tardado en llegar al género fantástico. Es cierto que ahora abundan las mujeres en fantasía y que es bastante frecuente encontrar algún personaje secundario del colectivo queer; sin embargo, no es tan habitual ver personajes femeninos que exploren de manera compleja la feminidad en su contexto o personajes del colectivo que no se caractericen solo por su orientación sexual o identidad de género.

En El priorato del naranjo se da un giro de 180º al papel de hombres y mujeres, con el objetivo, no de mostrarnos la igualdad, sino cómo el modelo patriarcal sigue enquistado en nuestro subconsciente. Por ejemplo, aquí, la mayoría de personajes de fondo son mujeres. Y no solo eso: ellas también ocupan un montón de cargos importantes, son tanto heroínas como villanas, su trama no gira en torno a un hombre y sus conversaciones son sobre cualquier cosa, incluso temas exclusivamente femeninos, como el miedo al parto y a la maternidad. Puede que esto no parezca nada del otro mundo, pero sí que lo es. En la mayoría de novelas, el elenco no está formado por tantas mujeres, por lo que es habitual que solo haya unas cuantas que representan características concretas: la que ocupa una elevada posición social, la guerrera, la inteligente... En El priorato del naranjo hay tanta representación femenina que esos papeles no los representa una única mujer: hay más de tres mujeres malvadas, más de cuatro en posiciones de poder y muchas guerreras.

Tanta representación femenina se fundamenta en el hecho de que el sistema de gobierno es un matriarcado. Más allá de mi opinión al respecto, esa parece la excusa de la novela para mostrarnos un mundo sin discriminación de género, donde tanto hombres como mujeres asumen con naturalidad todo tipo de roles y papeles. Que Tané sea una jinete de dragón no sorprende a nadie; no es la única mujer y sus habilidades se cuestionan por su sangre, no por su género. Que Ead sea diestra con casi cualquier arma es una sorpresa, de nuevo, no por ser mujer, sino porque es algo que no se corresponde con su posición social.

Respecto a la representación queer, en este mundo se naturalizan las relaciones homosexuales y, por tanto, no existe el concepto de homofobia. Por ejemplo, Niclays no puede estar con su amante, no porque ambos sean hombres, sino debido a que el otro ya está casado. Sí que es verdad que el hecho de que Ead y Sabran estén juntas es visto con malos ojos, aunque es por cuestiones prácticas: al ser Sabran la soberana, se espera de ella que tenga descendencia. Como veis, hay unos cuantos personajes relevantes que pertenecen al colectivo y su identidad sexual no es su característica principal, ni mucho menos.

Pese a que esta representación tan positiva está muy bien, me parece poco realista. Para empezar, dudo que una sociedad igualitaria pueda nacer de un matriarcado que, por definición, establece un género como dominante. Además, la novela plantea otra sociedad (los reinos del este) con un gobierno patriarcal donde tampoco hay discriminación. Allí las mujeres pueden ser jinetes de dragón (o dragona), guerreras y eruditas, al igual que los hombres... sin que nada justifique de dónde sale una sociedad tan igualitaria.

Este no es el único problema: mientras que los personajes femeninos están muy trabajados, los masculinos son poco relevantes y tienen un escaso desarrollo. Eso nos muestra cómo la paridad no está solo en el número: tanto Loth como Niclays, ambos hombres, son narradores; sin embargo, y a diferencia de la mayoría de puntos de vista femeninos, nada de lo que hacen afecta lo más mínimo al curso de los acontecimientos. Al menos representan la nueva masculinidad: ninguno de los dos tiene características asociadas tradicionalmente al género masculino.

El ritmo y la superficialidad

Puede que llegados a este punto de la entrada estéis pensando "sí, bueno, tiene algún fallo menor, ¿pero por qué lo has dejado?". Sé que he dedicado muchas palabras a lo que me ha gustado, pero sobre todo quería que entendierais por qué seguí leyendo algo que no disfrutaba. Y es que me costó verlo incluso a mí; tan hechizada me tenía el worldbuilding y la representación naturalizada.

Primero pensé que el problema era un exceso de puntos de vista, ya que me sentía desconectada de las tramas; sin embargo, cuatro narradores no son tantos. En cada capítulo pasan cosas, así que la falta de acción no era el motivo por el que estaba aburrida. Los errores ortográficos y de edición son una cosa (faltan y sobran guiones por todas partes, hay letras giradas y tildes ausentes...), pero si eso no me detuvo con La dama del Nilo, nada lo hará. Tuve que darle muchas vueltas, hasta que al final lo vi: el ritmo es vertiginoso, y para mal.

Que conste que, en cierta manera, soy ese tipo de lectora: el ritmo de los clásicos no es para mí. Eso no significa que me gusten las historias con acción constante y superficiales: busco un equilibrio y este libro, por desgracia, no lo tiene. Estamos ante una obra que mantiene un ritmo acelerado durante nada más y nada menos que 800 páginas. ¡Quién hubiera dicho que a un tocho como este podrían faltarle tantas páginas!

El principio ya daba pistas de cómo iba a ser la historia, pese a que yo no lo quise ver. En las primeras tres páginas, el lector recibe toda esta información: Tané, una de las protagonistas, acaba de terminar su entrenamiento como jinete de dragón y va a graduarse al día siguiente. Mientras pasea por la playa, se encuentra con un náufrago, y recuerda la ley que prohibe la entrada de extranjeros en el país. Por miedo a que lo descubran y se cancele la ceremonia de graduación, decide ocultarlo en una isla cercana. Las otras cinco páginas del capítulo son de otro protagonista, Niclays, quejándose de que le hayan endosado al intruso. En el segundo capítulo, otra protagonista, Eadaz, que nos cuentan que lleva cinco años infiltrada en palacio, mata a escondidas a alguien que pretendía atacar a la reina. Eso es una página. Las otras diez son de ella socializando en la corte. En su momento, no me pareció mal este inicio: vi subversivo que se saltara el típico entrenamiento de Tané, así como el proceso de adaptación de Eadaz a la corte. Lo que no esperaba es que esta fuera la tónica general.

El problema principal de la novela es que pasan demasiadas cosas en pocas páginas. Los capítulos presentan un desequilibrio en la distribución de los hechos: apenas dedican un par de páginas a todo lo relacionado con el desarrollo de personajes y conflictos, y el resto se esfuerza tanto en construir su mundo e introducir nuevas líneas argumentales que olvida profundizar en lo que ha pasado, más allá de alguna mención esporádica. Dicho de otra manera, todo sucede muy rápido, centrándose más en la trama que en los sentimientos de los personajes o la reflexión sobre los hechos.

Por una parte, este ritmo hace que no podamos conectar emocionalmente con los personajes. Para muestra, un botón: vemos que Ead siente algo por Sabran, pero como no dedica ningún momento a pensar en sus sentimientos, no identificamos que ese algo es amor hasta que se lían. Y justo después de pasar la noche juntas, en vez de dedicarle un mínimo a su relación, la novela introduce inmediatamente una nueva trama para Ead fuera del reino y lejos de Sabran. Esto hace que, cuando Ead vuelve del viaje, tenga demasiadas cosas que contarle a Sabran al respecto como para sentarse a hablar de su relación. Si la novela se centrara en mostrarnos el desarrollo sentimental de Ead y Sabran en lugar de avanzar en la trama, conectaríamos mejor con los personajes y sentiríamos el impacto de los sucesos. Si el personaje te importa, lo que le pasa también.

Por otra parte, la trama de esta novela es tan intrincada y compleja que se ve obligada a pasar superficialmente por todos sus puntos argumentales. No puede ser que en tan solo 15 páginas tengamos que: después de años oponiéndose al matrimonio, la reina Sabran decide tomar como marido a un príncipe extranjero; organizan un baile donde ambos se conocen; la reina comenta la jugada con sus damas de honor; Ead (que también estaba por ahí) se reencuentra con su maestro, al que no ve desde hace cinco años, y se entera tanto de que ha muerto una amiga muy querida como de que en su comunidad hay una nueva priora que quiere que abandone la corte. Cada uno de estos sucesos daría para un capítulo entero si se desarrollara con la profundidad suficiente. Para construir un mundo creíble, hay que dedicarle tiempo.

No lo parece, pero preparar una escena es importante. Entiendo que en algunos casos está bien priorizar la sorpresa; eso no significa que deba ser la norma. Aún recuerdo lo absurdo que fue que Ead estuviera interrogando a Truyde, una de las damas de honor, y que una página después, hubiera aterrizado un dragón terrorífico que lleva mil años dormido y estuviera amenazando a la reina. La llegada del dragón, por muy inesperada que sea, no tiene ningún impacto, porque parpadeamos, está ahí, volvemos a parpadear y ya se ha resuelto el conflicto. Lo lógico hubiera sido ver rumores aquí y allá, que sobrevolara el cielo un rato, amenazante, que demostrara su poder y que generara expectación.

En cierto modo, faltan descripciones que nos sumerjan en la historia. Pese a ser la principal detractora de las que son largas y aburridas, soy consciente de su valor. En este caso, he sentido que la obra se apoyaba en el bagaje del lector, como si no hiciera falta describir tanto su mundo porque es similar a muchos otros. No sé, si no describes a tu dragón porque es como cualquier otro, ¿por qué iba a leer tu novela y no otra? Es lógico partir de conocimientos compartidos y personajes estereotípicos, con los que es más fácil conectar; sin embargo, si te quedas ahí, no dices nada.

El ritmo y la ausencia de descripciones hacen que la novela se sienta artificial, como si la autora la hubiera esquematizado primero en forma de lista y después hubiera ido desarrollando cada escena sin conectarla emocionalmente con la anterior. Como si no fuera importante tener en cuenta el tiempo que pasa de una escena a otra o si han pasado muchas o pocas páginas desde uno u otro punto de vista. Esto se puede observar si esquematizo la trama de cualquier personaje, como por ejemplo Tané. Fijaos en la cantidad de páginas que se dedican a su trama y lo espaciadas que están entre sí:

Página 37-45: Se celebra la ceremonia en la que le presentan a su dragón.

Página 68-71: Se despide para siempre de su mejor amiga, que conocíamos por un par de menciones.

Página 135-141: Participa en unas pruebas.

Página 156-160: Más pruebas.

Página 202-206: Prueba final.

Página 249-253: Confirmamos que es jinete de dragón y le dan su túnica de guardiana.

Página 302-312: Charla por primera vez con su dragona y esta le cuenta historias sobre worldbuilding.

Página 329-335: Niclays la chantajea porque sabe que ocultó a un criminal y Tané confiesa sus crímenes a su dragona, que decide ayudarla.

Página 341-346: Capturan a Tané y le muestran la ejecución de su mejor amiga (esto último es una página).

Página 358-361: Le dicen que su dragona ha sido capturada por los piratas y que ella será desterrada a la isla de los eruditos.

Página 437-442: Mientras está en duelo, nos muestran cómo se ha adaptado a la vida con los eruditos, le cuentan una leyenda, traba amistad con un anciano y este le hace notar la misteriosa herida que tiene en el cuerpo y que será relevante para la trama.  

Lo que quería hacer notar con este esquema es qué pocas páginas dura su punto de vista, cuántas páginas tarda en volver a ser narradora y cómo prácticamente nada de lo que os he contado es relevante para la trama general. Es verdad que, al hacer un esquema, parece que haya sido injusta al omitir cualquier desarrollo de personaje, pero la novela tampoco se centra mucho en ello. En vez de mostrarnos cosas como la inquietud de Tané por el crimen que ha cometido, su relación con los otros jinetes de dragón o el duelo por la muerte de su amiga y por la desaparición de su dragona, la novela solo las menciona de pasada y mucho más adelante, sin darles apenas importancia.

Podría hacer exactamente este mismo esquema con Loth y Niclays, que también tienen pocas páginas y escasa relevancia argumental, pero sería repetirme. La única trama en la que se vuelca la novela es la de Ead, que ya he criticado antes por su superficialidad.

Recordemos que el núcleo de la historia es que los dragones de fuego están despertando de su letargo y para combatirlos, las naciones del este y del oeste, enfrentadas desde hace mil años por temas culturales y religiosos, van a tener que aliarse. Bien, pues en la página 630 de 830, que es cuando lo dejé, es cuando empiezan a plantearse el tema de la reconciliación, una idea tan en pañales que aún no hemos visto nada de la política en el este. ¿Y qué pasa en todas las páginas anteriores? No mucho: conocemos mínimamente los reinos colindantes, investigamos sobre los atentados contra la vida de Sabran, seguimos su culebrón sobre el matrimonio y la descendencia y descubrimos cómo se derrotó hace mil años al Innombrable. Durante páginas y páginas la novela vaga sin rumbo y parece no ser consciente de que, si quiere tratar la reconciliación de dos naciones, necesita dedicarle tiempo a la política y a construir personajes profundos, llenos de aristas. Al fin y al cabo, no se puede convencer a alguien de renunciar a todas sus creencias, la base de un conflicto milenario entre naciones, en una sola escena sin mucha preparación. Con Canción de hielo y fuego me quejaba mucho del relleno y el ritmo lento, pero una cosa es escribir cinco novelas que podrían ser tres y otra es escribir una que podrían ser cincoY el resultado no ha sido otro que un pastiche más cercano al resumen que a la narración literaria.

Es una lástima, porque el mundo era muy prometedor. Por una parte, estaba todo el tema de los dragones, que solo tienen una presencia testimonial, cosa que ha defraudado a muchos. El márketing daba a entender que eran clave; sin embargo en las 600 páginas que he leído, son importantes en un par de escenas, mientras que el resto de tiempo, están de fondo. 

Por otra parte, era curioso que la génesis de todas las religiones fuera una historia similar a la leyenda de Sant Jordi y que las diferencias surgieran a raíz de distintas interpretaciones de esa historia. El problema es que, a excepción de Inys, vemos muy poco de todos los reinos (costumbres, política, religión, creencias, historia...), y eso que son relevantes. Sí, visitamos Yscalin, invadido por los dragones, pero no vemos más allá de la corte. A Mentendon, tierra natal del príncipe con el que se casa Sabran, ni siquiera vamos, así que imaginad saber cosas del lugar. Lasia, hogar de Ead, sí que la visitamos... más o menos. No nos describen el país, solo muy someramente el priorato y su organización política y religiosa. En Seiiki, hogar de Tané, estamos un poco más; sin embargo, no vemos mucho: tienen una política aislacionista, adoran a los dragones de agua, hay una pequeña isla para intercambios con Mentendon, otra de eruditos y otra de guardianes de dragones. Son todo sociedades complejas, muy dispares y con mucho que ofrecer por el choque cultural. Está bien que el mundo sea extenso y variado, la realidad es así, pero para qué presentarnos todo eso si después no se aprovecha ni va a nada. Es un poco el problema general de la obra: se presentan muchos personajes, muchas tramas y muchas sociedades y se deja todo a medias.  

El multiperspectivismo y los personajes

El caso es que, como veis, la novela nos fuerza una visión de túnel: nos centramos en los lugares en los que están los personajes y no vemos nada de la periferia, ni siquiera a la gente de a pie. Y como la única trama relevante es la de Ead, al final solo conocemos de verdad su mundo. El multiperspectivimo está bien, pero hay que saber manejarlo. Es importante que los puntos de vista estén equilibrados. Por una parte, a todos los personajes se les debería dedicar el mismo tiempo y, en caso de no ser así, justificar por qué. Por otra parte, no se debería abandonar un punto de vista durante demasiadas páginas; el lector puede olvidarse de esa trama o la historia puede resultar cronológicamente confusa.

Que se trabajaran esos aspectos hubiera ayudado a desarrollar a los personajes; sin embargo, el problema va más allá. Para empezar, no tienen aristas: o son buenos o son malos, no hay más. Los protagonistas son perfectos, un dechado de virtudes, y sus fallos se deben a las circunstancias. Sus motivos son nobles y por supuesto que destruir a los malvados dragones de fuego es el único camino posible. En el otro bando, los antagonistas se pintan como villanos absolutos sin tener en cuenta la escala de grises en la que se mueven: tenemos al Innombrable, un dragón malísimo que solo quiere ver el mundo arder (o eso dicen, porque hasta donde he leído no sale como personaje); la priora, una egoísta que solo quiere salvar su tierra, y la bruja del bosque, que solo quiere el caos. El único personaje un poco gris es, por supuesto, un protagonista: Niclays, aunque tengo bastante claro que siempre actúa en beneficio propio y dudo que tenga redención.

No esperéis mucho más de los personajes: todos son planos y no experimentan ningún cambio en su forma de ser, actuar o pensar. La única que cambia mínimamente es Sabran, quien abandona su fe con tal rapidez que hubiera preferido que no cambiara. Además de que a los personajes les falta desarrollo, tampoco tienen profundidad: la novela no dedica tiempo a explorar su psicología. De nuevo, la única excepción es Sabran, cuyos conflictos con la corona y la maternidad sí que están mejor tratados.

Por último, quiero destacar la infantilidad de los personajes. Todos, con la pequeña excepción de Niclays, tienen un comportamiento muy adolescente, priorizan cuestiones menores y actúan sin control ni consciencia de las consecuencias. Es cierto que son todos veinteañeros, pero Sabran ha sido educada en la corte, al igual que Loth, y Ead ha recibido un entrenamiento marcial antes de infiltrarse en palacio. Podría aceptar que alguno de ellos actuara impulsiva e irreflexivamente; el caso es que todos son iguales. Esto se extiende también a sus situaciones personales: no tienen a nadie que sea su apoyo o que les detenga antes de actuar sin pensar.

Conclusión

Como veis, mi problema con esta novela no es que no salgan dragones, que es la crítica más repetida en Goodreads. Lo que de verdad me preocupa es que este sea el modelo a seguir. Los tiempos cambian y la literatura con ellos. Ya no tenemos la paciencia que tenían nuestros antepasados y eso supone historias cada vez más dinámicas. El ritmo de la novela actual es acelerado, pero eso no debería ir en detrimento de la profundidad de temas ni del desarrollo de personajes. Puede haber acción si también hay momentos de pausa y reflexión. Sin ellos, pierde todo su valor.

Hoy en día devoramos una historia tras otra sin mesura, porque hay tantas publicaciones que nuestra montaña de pendientes amenaza con derrumbarse sobre nosotros. Disfrutamos de lo que leemos, pero con la mosca detrás de la oreja, porque la tentación de la novedad está ahí, una novedad de la que todos hablan, que nos estamos perdiendo, que podría ser mejor que lo que tenemos entre las manos. El mercado busca que nos consuma el ansia, que terminemos deprisa una obra para comprar ya la siguiente. Es por eso que deglutimos las novelas sin masticar, sin saborear cada página, disfrutando de la hamburguesa del McDonald's sin pensar cómo la han hecho.

Este ritmo nos lleva a olvidar los libros mientras aún los estamos leyendo. Y es que llegamos cansados a casa, y el trabajo, conducir, limpiar, cocinar, los niños, la lavadora y cambiar esa bombilla titilante, solo nos deja un momento para nosotros, un momento en el que necesitamos desconectar. Las novelas reciclan personajes y tramas, lo sabemos, lo aceptamos y lo abrazamos, porque estamos cómodos con ello, porque estamos demasiado cansados para exigencias.

En otros momentos de mi vida he sentido un hambre voraz y leído novelas como esta, novelas de las que ya ni recuerdo el título. Las he disfrutado como quien disfruta de un buffet, únicamente preocupada por satisfacer la gula. Hasta que un día probé algo distinto, algo de calidad, y cómo se notó la diferencia. Perdemos la mitad de nuestra vida trabajando y ocupados con tareas varias; no desperdiciemos la otra mitad en un ocio vacío. No nos merecemos esto. Leemos para entretenernos, pero eso no significa que vayamos a aceptar cualquier cosa. Merecemos historias que no tengan la profundidad de un chupito. Merecemos libros que nos distraigan, pero que también nos lleguen al corazón y nos ofrezcan herramientas para seguir adelante. El entretenimiento barato llena nuestro vacío unas horas; el entretenimiento de calidad nos hace comprenderlo.

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"Sabes que has leído un buen libro cuando al cerrar la tapa después de haber leído la última página te sientes como si hubieras perdido a un amigo." Paul Sweeney